La Ciudad Blanca

Normalmente, escribo en inglés, pero hoy redacto en español, para que todo el mundo se entere:

A primera hora del día de hoy, leí un artículo en La Jornada Maya, escrito por Ricardo Tatto, titulado: “Mérida: una ciudad viva” y subtitulado: “Pide silencio la otra ‘elite blanca’ ” (SIC). (https://www.lajornadamaya.mx/2017-03-27/Merida–una-ciudad-viva )

Desde hace tiempo, esperaba un artículo con este enfoque. Por desgracia, las relaciones entre México y sus vecinos al norte nunca han estado peor. Los mexicanos tienen toda la razón de estar molestos y ofendidos. También yo lo estoy. Pero no es lo apropiado, sacar la ira contra un grupo de expatriados viviendo en Mérida, como tampoco es el trato tradicional de la gente del sureste de México. Al contrario, desde hace un siglo los peninsulares han dado la bienvenida a los turistas extranjeros y a los foráneos que han establecido sus hogares aquí – todos han recibido los beneficios de esta convivencia.

Yo nací en Canadá y llegué a vivir a Mérida, hace 41 años. Me sentí muy bien recibida. Me case con mi novio yucateco y aquí hemos vivido durante las últimas cuatro décadas. En los años 70 había una población de apenas 250.000 habitantes, y el centro de Mérida era un lugar muy vivo. Recuerdo como mis suegros sacaban sus sillones a la puerta de su casa, sobre la Calle 56 para “tomar fresco”. Recuerdo cuando muchos “taxis” eran calesas jaladas por caballos. También recuerdo cuando casi no había supermercados y todo el mundo compraba en los mercados.  Recuerdo con nostalgia cuando los centros de diversión eran “Los Tulipanes”, “La Prosperidad”, y “El Aloa”.

Luego, en los años 80, muchos de los vecinos y negocios se mudaron al norte de la ciudad. Pronto el centro se convirtió en un lugar de tristes edificios abandonados y calles oscuras. Unos años después, hubo una especie de renacimiento, y el centro se transformó nuevamente en un lugar precioso. ¿Y quiénes empezaron esta restauración? ¿El gobierno? ¿Los comerciantes? ¿La sociedad yucateca? ¡No – no – y otra vez – no! Aunque no quieren creerlo, fueron los extranjeros jubilados que llegaron a nuestra ciudad en busca de un lugar tranquilo.

Es verdad – desde la época del Presidente Reagan, muchos ciudadanos de los EEUU han salido de su país porque están en desacuerdo con la política. Compraban los predios vacíos – casitas y casonas por igual – y les devolvieron su belleza. Corrió la voz de lo lindo y tranquilo que es Mérida, y en los años 90 llegaron más estadounidenses, canadienses, europeos y nacionales de otros estados de la República, quienes también compraron las casas en ruinas, y las transformaron en sus hogares. Ya para los principios del siglo XXI, los gobiernos municipales y estatales siguieron el ejemplo – poco a poco – la ciudad volvió a lucir como la ciudad blanca que hoy en día nos llena de orgullo.

Vivo en la García Ginerés, pero desde hace 27 años mi esposo y yo tenemos una escuela de educación superior en el mero centro de la ciudad – en un predio familiar que adquirió mi suegro en 1956, razón por la que vamos al centro histórico todos los días, mas de una vez.

En los últimos años, hemos observado que muchos negocios se han establecido sobre las calles y alrededor de las parques del centro. Otros negocios, existentes desde hace muchos años, han modificado su imagen y ahora gozan de mucha popularidad. Están aprovechando el flujo de gente y no hay nada malo en esto. ¡Qué bueno que hay vida de nuevo y más prosperidad en el centro histórico de nuestra ciudad! Pero, por las noches, realmente es un escándalo – el ruido es insoportable en muchas casas y negocios vecinos de ciertos bares y antros.

Como es de esperar, los vecinos (nacionales y extranjeros) están desesperados porque no pueden ni dormir. Acudieron a las autoridades municipales, mismas que han ha convocado a dos reuniones para escuchar opiniones de los vecinos, comerciantes y  propietarios de bares. El artículo en La Jornada Maya menciona que no todo el mundo fue invitado.

Yo estuve presente, y me consta que por lo menos la mitad de los asistentes era gente de negocios de Mérida y sus trabajadores. Una persona de este grupo estaba sentada junto a mí, y me comentó que ella fue invitada a la reunión. Si ella fue invitada, yo creo que los demás también lo fueron.

Realmente, asistir a esta reunión fue una experiencia desagradable. Me lleno de vergüenza escuchar las acusaciones a gritos de parte de algunas personas de Mérida – hacia los extranjeros – una señora norte americana, me dijo después de esta reunión, que alguien pateo su silla – ¿Qué es esto? No es la Mérida que yo conozco.

Al terminar su artículo, el reportero de La Jornada Maya pregunta:

“¿Al final del día, sin afán de ser reduccionista, todo recae en preguntarnos qué clase de ciudad queremos, ¿un centro de retiro para los expatriados jubilados que sólo vienen a Mérida a morir…” (SIC)

Pues yo quiero una ciudad donde “la paz empieza con el respeto al derecho ajeno.” (Juarez)

  • Hay que dialogar – no insular
  • Las autoridades necesitan establecer reglas y normas para todos – y todos tienen la obligación de respetarlas.
  • Si no lo hacemos – todos vamos a perder
  • Si no nos cuidamos de nuestras acciones y modales, caeremos al nivel de una ciudad sin leyes.

Somos mucho mejor que esto – todos tenemos que comportarnos como gente civilizada – no como bárbaros.

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This Garden

Yesterday afternoon,  I filled a tall glass with ice cubes, and poured hot mint tea over top. The crisp pops and snaps made by the fissuring ice sounded like a promise – a refreshing moment soon to be savored. Taking the drink in one hand, I used the other to pull up the latch of the screen door and swing it open. I wanted to enjoy the last half hour of the Saturday sunlight.

My husband had just finished watering our garden and the spicy smell, unique to Yucatan, floated up from the soaked red soil. It swirled around the leafy orange tree where my chair waited. But before settling down, I picked my way around the perimeter to check on the plants’ progress and wellbeing.

Every year I try coaxing a few non-native species to adapt to life in the tropics. The success is spotty. In this hot, humid climate, they struggle – much like many people I know. The magnolia bush has not budded yet this year, but to my surprise, the dusky blue pom-poms on the hydrangea seem to be holding up. They bring forth memories from the garden I knew as a child – my mom had banks of them along one side of our North Vancouver home. The baskets of multi-colored petunias are thriving but the poor tulip – a gift from my daughter – has completely given up. So sad.

Meanwhile the endemics are thriving. Lilies – the deep coral-colored ones, the white with red stripes, and the delicate-looking ones with long skinny white petals are in full bloom. The Desert Rose, Crown of Thorns, and red hibiscus are also flowering at peak this March. The magenta  bougainvillea spilling over the top rim of the high front wall is a prolific marvel of nature. Basil, rosemary, thyme, oregano aloe, lemons, figs and oranges are as delicious as they are pretty.  But the showpieces of our garden are the orchids.

Orchids are amazing, and most of ours have made their home in the branches of the very tree where I sit to drink my tea.

This garden soothes me and helps me put problems into perspective. I vow to spend more time out here. Life is too short to dwell on issues that are (fairly or unfairly) beyond my sphere of influence.

“God grant me the serenity to accept the things I cannot change, the courage to change the things I can, and the wisdom to know the difference.”

Reinhold Niebuhr

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